
según el cristal con que lo mires.2005
Los contrastes son siempre reveladores, sugieren una doble verdad o una mentira comparativa, un breve análisis que podemos subjetivamente descomponer. Es una acción mecánica que da pie a la ambigüedad, bien sea por la calidad o por la cualidad de lo observado. Una observación rápida, alterada por pasajes del inconsciente, se convierte en una sabrosa cadena de errores, una sucesión de desequilibrios que llegan a producir una nueva y enriquecida versión, una realidad sorpresiva y diferente, personalizada; una compleja alteración de nuestro contingente de pasajes enigmáticos, de formas sugerentes que nos acompañarán en lo que queda del viaje.
Constantemente queremos hacer pasar una realidad por una nueva versión o crear nuestra propia ficción. Los objetos, las superficies y los espacios se nos revelan en constante construcción, en un espacio real a partir de una fabula permanente. Lo real se evapora frente a nosotros, dando lugar a todas las hipótesis y conjeturas posibles.
Todo lo no revelado, lo encubierto pasa a ser atesorado como una mitología propia. Las superficies que no se muestran abiertamente a “tajo abierto”, nos aportan toda una serie de creativos y variados juegos, por lo que será probable que una superficie sugerida, o un espacio intuido, nos brinde toda la ambición del conocimiento. El enigma por el “extraño objeto” apela a nuestra curiosidad, ametrallándola de tintes y matices. Decir esto, es como enseñar ocultando, lo que nos lleva al permanente azar del encuentro cada vez más inquietante o, si es posible, más revelador. La materia siempre se sugiere. El fondo de un pozo, por ejemplo, es solo oscuridad y un lejano eco que nos anuncia que hay algo debajo. Sin saberlo, podemos intuir que tan solo es un vacío líquido o que detrás de esa cáscara acuosa se empinan tentáculos que buscan calor. Surge, sin embargo la inquietud: ¿cómo serán?, ¿tendrán color o tan solo decoloraciones? , ¿Su materia es o será más evaporación que peso?
La nueva ficción somos nosotros. La paredoilia no es más que nuestro interés por buscar otras respuestas-soluciones, el error provocado es una forzada consecuencia de la búsqueda. No se trata, pues, de espontáneos errores de percepción, queremos construir nuestro propio archivo de revelaciones, de enigmas propios a atesorar en nuestros reflejos cognitivos y en nuestros reflejos afectivos, para luego volver a jugar con ellos preguntándonos por que creímos ver algo que necesitábamos. Producimos el error y nos reafirmamos en su aparente solución, somos la nave Viking registrando la superficie marciana, negando la sonda Observer y todo su avance tecnológico. Recurrimos a la más pura artesanía de reconocer todo en cualquier tipo de superficie. Nos proporciona sumo placer reconocer una forma familiar en un ámbito extraño. Al contrastar el carácter artificial en la naturaleza, recurrimos al barroquismo inmediato, atribuimos caracteres enigmáticos. A más preguntas, más respuestas acumulativas. Así pues nos regodeamos en afirmarnos como humanos y esa nueva visión de la realidad. La nueva realidad resulta más valiosa-no solo por su repentino hallazgo, entre lo cotidiano- si no por que nos resulta inquietante saber que puede ser trucada. Esto es como el nuevo significado que adopta una postal perdida que vuelves encontrar.
La obra de Sergio Zavattieri* es capaz de sustentar esta reorganización de significados. Un objeto volador no identificado entre la espesa masa boscosa, el objeto extraño en cualquier rincón del planeta, pero además en un entorno natural en la que la superada tecnología juega con nuestra rudimentaria naturaleza de troncos alineados y ramas dispersas. Algo de esto tiene también aquella inquietante noticia sobre un artilugio tecnológico sirviendo de espía dentro de una roca, la combinación en este caso de receptáculo de la sofisticación tecnológica recurre a la naturaleza pétrea de un objeto olvidado, un objeto abandonado en un parque cualquiera.
Esta nueva “situación” nos fuerza a intentar proponer varias lecturas a muchos discursos, a abrir múltiples posibilidades de razonamiento. Cada uno de nosotros tiene una posición y un discurso frente a cualquier objeto. Los reconocemos, bien sea por contacto habitual o por una elemental estimulación visual. Sin embargo, basta con invertir sus roles para generar más lecturas. Son los casos que se dan en las obras de Duchamp o de Tzara, ejemplos de lo que podemos considerar una descontextualización permanente como causa cultural.
La imagen en cualquier telediario de un avión siniestrado hundido en el lecho marino nos proporciona un ejemplo de ello. Un elemento paradójico de un aparato que tiene como función el vuelo, pero que por un motivo desconocido, desciende de los nubosos espacios a los insondables espacios submarinos, proporcionándonos una imagen fantasmal, contradictoria, espectral, de algo que no encaja. Al modificar su situación habitual su sentido se altera y adquiere un carácter que nosotros mismos le proporcionamos mediante diferentes hipótesis y teorías; la contradicción.
La alteración del objeto, que en cada caso puede ser sucesiva o desencadenante de múltiples mutaciones que adquieren, se asientan en el mito fundando un lenguaje propio, un lenguaje que nos encargaremos de encontrarle siempre una lógica.
Durante siglos, el ser humano ha intentado imitar a la naturaleza. Sin embargo, estos esfuerzos siempre han derivado en la contradicción de su anhelo por lo artificial. Celeste Olalquiaga se refiere a esta incesante búsqueda de los misterios de la naturaleza tan atractivos para el espíritu místico del siglo XVI: “en las grutas artificiales…..la descomposición se imbuía del aura de lo extraño, desconocido y secreto“¹
Resulta interesante anotar como los fondos submarinos, por ejemplo, siempre enriquecieron el imaginario popular. Así, esta desmedida atracción desmedida fue incesantemente reproducida, desde finales del siglo XIII hasta finalizado el siglo XVIII. La reproducción artificiosa de las descomunales grutas y fuentes submarinas se regodeó en formas que descubrían, a su vez, otras y estas otras, dando origen a múltiples y variadas lecturas desde distintos niveles y ángulos de observación. En realidad, muchos enigmas para alentar y resolver. No sabemos que hay allí debajo, no sabemos exactamente que habita “debajo de” o detrás de estas arquitecturas camaleónicas. Tal vez, todas estas consideraciones expliquen el paso en el que el
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¹Celeste Olalquiaga, “The Artificial Kingdom”, Pantheon, New York, 1998.
Arte dejó de ser estrictamente una reproducción del entorno pasando a desdoblarse en vuelos creativos y desaforados gracias al misterio de las veladuras, de las densidades, de las superficies miméticas que se advierten en superficies cenagosas. Aquella compleja flora que nos remite al barroquismo, a planos paralelos, pero transparentes, que nos marcan fronteras y niveles, pero también reveladoras transparencias. Resulta pertinente acotar que etimológicamente la palabra de origen griego diáfano quiere decir “lo que parece”, vale decir lo que podemos intuir como real sin tener seguridad alguna.
Carlos Sandoval explica con claridad lo anterior cuando dice: “los objetos y los sistemas de conocimiento se reorganizan a si mismos, continua y profundamente, en el proceso de crecimiento intelectual del individuo. Nuestra realidad despliega por ello un número indefinido e ilimitado de niveles de observación, a escalas diversas y en estratos distintos, por ello un modelo puede ser útil para un individuo, y no para otro”².
Así como la penumbra permite rescatar perfiles, sombras de la noche, perturbaciones de la intuición, la riqueza de estas texturas a descubrir nos deslumbran como, igualmente, nos deslumbran los descubrimientos del lecho marino: reliquias, restos arqueológicos, esculturas abandonadas por el tiempo, contrates de naturalezas, aquellas como las que quiere rememorar Jason de Caires Taylor, rara y corrosiva armonía submarina. Esta simbiosis total de superficies, vegetaciones y esculturas alteradas por la mano del hombre (un juego entre lo decrépito y el deterioro) nos ofrece un escenario sugerente y una permanente tensión y expectativa.
Esta observación, que es, en cierta forma una revelación de lo escondido, puede observarse en el “Cristo cubierto con velo” de Giuseppe Sanmartino así como en las recientes investigaciones japonesas de hacer la piel de pez transparente para estudiar los órganos internos. Todos son sistemas de camuflajes a trasluz como cualquier bolsa amniótica que revela más que una vida, en la que puedes reconocer diferentes subsistemas. Todo lo desconocido desemboca en la especulación que a su vez se alimenta de la leyenda, una leyenda en permanente transformación.
*Volkspark Hasenheide (Berlin). C-print. 2007
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² Carlos Sandoval, en Imaginación, Análisis y Postmodernismo. Artículo publicado en las revistas Artelugio, 6,2002.Universidad Autónoma de Querétaro y Pauta, noviembre 2005, en versión revisada.
Felipe La Hoz / muum